Es curioso como cambian los tiempos y las personas. Quizás unas más que otras. Hace unos meses estuve en una reunión social de amigos donde se celebraban unos cumpleaños. Son de esos momentos emotivos en los cuales cada cierto tiempo te ves con gente que en otras situaciones o bien no te ves, o las ves como un relámpago por la noche. Me sorprendió desagradablemente la imagen dantesca que vi. Una imagen del comportamiento más antisocial que he visto en mis lustros en personas adultas. Y me refiero a lo que denomino como un autismo egocéntrico virtual. Personas que no supieron migrar de la sociedad que nacieron y viven actualmente atrapadas en lo virtual del ciberespacio. Mentes atrapadas en una maraña de redes sociales cuyo yugo es su particular smartphone.
Seguro que a estas alturas más de uno me preguntará si yo no uso las tecnologías o hago demagogia. En efecto, las uso y bastante. Tengo Mac, iPad, iPhone, tengo Facebook, Twitter, Tumbrl, Youtube, Vimeo, Skype, Whatsapp, etc. Pero yo no tengo un yugo. Mi relación con las tecnologías e internet viene de muchos años atrás: cuando la Red no salía de las universidades, tiempos de los Boletin Board System (BBS). Tiempos de los ordenadores Commodore y los monocromáticos dinosaurios Intel. Internet para la mayoría era una gran desconocida en España e inaccesible, quitando unos pocos (entre los que me incluyo). Cada cosa en su momento, cada cual debe ser dueño de su tiempo, de su entorno y de su realidad.
Regresemos a la situación kafkiana que percibí en aquella reunión. Imaginemos un grupo de hombres y mujeres alrededor de unas mesas en una terraza de una cafetería, cuyas cabezas inclinadas hacia sus regazos tan solo conseguía ver en ocasiones sus faces iluminadas por las pantallas de sus smartphones. La comunicación ¿Comunicación, he mencionando? No, no había tal comunicación, o digo mejor, ilusión. De vez en cuando, entre ese ambiente de mentes catatónicas y autistas, tan solo se apreciaban carcajadas grotescas de tal o cual vídeo, chiste, o broma vista en cada minúscula vida atrapada en una pequeña pantalla led. Era grotesco rallando lo soez.
Prefiero las velas de mi salón, la apasionada lectura en el silencio y la soledad que esa especie de nuevas relaciones “sociales”. Para estar así en la calle, prefiero la soledad en mi casa comunicado por Internet. Pero el ser humano anhela otras experiencias más enriquecedoras y que Internet nunca podrá dar: el calor humano. Y eso es lo que hay que buscar sin tecnologías, ni ficciones.
Un ejemplo con mi afición a la fotografía: el joven fotografiado y que muestro en este artículo estaba tan desconectado de la vida real con su smartphone que él no se dio cuenta de que yo me acerqué con la cámara con un 50 mm, lo cual supone acercarme y sacar la foto a tan solo tres metros aproximadamente ¡Un “robado” con un 50 mm! ¡Quién me lo hubiera dicho!