Ninfa (fotografía y relato) – Nymph (photography & tale)


Este relato lo escribí a últimos de agosto de 2012. La foto la saqué en Semana Santa de este año 2014.
Nymph Ninfa
Desde el bajo ventanuco, pequeño casi a ras de suelo, en la fresca casa de piedra miro. Y mirando el frondoso monte de encinas, de jaras y carqueixas con sus diferentes tonos verdosos me viene el recuerdo de una dulce mirada y una sonrisa que evoca una mansedumbre placentera. Escucho mientras vuelo con mi imaginación oyendo a Clemerant con su clavicordio haciendo eco en esta guarida de fuertes muros de piedra, que me acogen con frescor en un día caluroso.
No se lo que me espera mañana, ni pasado mañana. No me importa, moriré a gusto si morir fuera despedirme en esa paz venturosa. Dime pequeña ninfa, si acaso soy un demente soñador o un quijote con sus molinos. Tan solo veo y siento lo que mi alma expresa, no lo que mis ojos perciben. So pena que los años me maltraten como óxido que corroe lentamente el hierro. ¡Ay sierra, verde sierra que todo lo das y todo lo quitas!
En tan solo en pocos días, horas o minutos puede una mirada dejar una huella por la eternidad. Meses en la lejanía, meses inmersos en el gigante de cristal y cemento que te engulle en el olvido. Caída vertiginosa en un tobogán sin fin de la supervivencia. ¡Ay, sí! Pero en la desdicha renace el recuerdo de tan bella ninfa. Mi campo, mi verde campo. Mi bosque allá donde más me cobija y protege.
Ya lejos de mi morada, mi eterna morada donde árboles me custodian y la madre tierra me nutre, ahora, tan solo me queda el cemento, el recuerdo. La vil argamasa creada de despojos de roca que sofoca y ahoga como una cárcel sin salida. He ahí que mi cuerpo me castiga y quedo lejos de las ninfas, lejos de los verdes bosques con sus frescos arroyos que sacian mi sed. Lejos de esos viajes en el tiempo donde me reúno con las criaturas más inhóspitas en mi propio mundo.
Ya con años y cansado, mi alma “navega” como un joven corcel corriendo por la llanura. Sí, ya lo se mi ninfa, es en mi imaginación. En ella reposo, a ella me entrego. Qué si no me queda, mi dulce mirada, mi eterna sonrisa, cara apenada. Qué hacer pues, mas ir al monte tan solo me queda. Reposar en un roble o en una encina, tomar aire con las fragancias del romero, de la jara y del tomillo silvestre, y tumbado sobre las raíces volar hacia ese mundo ideal. Duermo y sueño, viajo en el tiempo. Soy feliz allí, soy feliz así.
Entre el remanso del arroyo Castrón y fundido en el verde del bosque, desciendo por la senda vieja de piedra y barro, hoy seco, antaño húmedo. Mi vista alcanza robles centenarios cuyos troncos guardan grandes secretos. En ellos reposo un momento y su energía se fusiona con la mía, noto la magia del bosque, ella está ahí. Avanzo esquivando las verdes y pequeñas enredaderas del suelo que como tentáculos intentan asir a la madre tierra. Siento la humedad de un bosque salvaje y frondoso, donde emanan las fragancias de las plantas. Allí la luz mengua y es donde los duendes te protegen y donde los diablos se desvanecen, esos malditos que tan solo sobreviven en el cemento gris, en esas colmenas humanas, en sociedades corruptas y violentas. Aquí en el refugio de las ninfas y de las criaturas fantásticas tan diminutas que ni las ves pero las sientes. En la soledad del bosque, me siento feliz.
Ya en el crepúsculo, regreso hasta llegar a la sencillez y a la dureza de tiempos antiguos, pero poco debo recordar para hacerme la idea de aquellas casas de tierra, barro y piedra, de teja y pizarra. Vieja casa donde iba a mi camastro con tan solo la luz de un candil de aceite. Recuerdo cómo las sombras formaban tenebrosas figuras al son caprichoso del aire que recorría la pequeña estancia cuyas piedras fijadas con barro emanaban un olor peculiar a tierra, madre tierra. Oscura cocina de fuego bajo, cuya negrura de hollín impregnaba aquellas paredes oscuras, paredes que te acogían, protegían. Y ahí estaba la magia del bosque que afuera te aguardaba, allí percibía el misticismo de la vida y de la muerte. ¿Por qué alma mía me cuesta traer imágenes de tales tiempos a mi memoria? Estoy embriagado de tristeza, licor cuya esencia deja posos en mi alma apenada. Ninfas, venid, venid antes que muera, porque en la muerte regresaré al lugar del cual vine, y no recordaré nunca jamás esto.
Siento ahora el fresco de la noche en mis pies doloridos y desnudos. Ese frío que recorre como una serpiente por mis piernas, me hace sentir vivo. Frío que quema, frío que conserva. Ya cae la noche y noto como la ligera brisa me embriaga con cálidos sueños. Ya encogido, protegido en mi propia morada cierro los ojos… Llegan, sí, llegan y me llevan. Volveré… Hay ruidos en el monte, gemidos, gruñidos, criaturas nocturnas…, vuelo, vuelo hacia lo desconocido. Hacia la ilusión. Sueños. Lo siento, el monte está vivo. ¡Ay mi ninfa! Ven, llévame.
© Pedro Uribarri. 2014