pedro uribarri

Botella, dichosa botella… Hace unas semanas al ir a comer a un buen restaurante en San Sebastian, la camarera no pudo descorchar correctamente la botella de vino. Se fue y trajo otra, y según la descorchó se le cayó de la mano la botella, derramándose el vino sobre mi. Me puso perdido. Pidió perdón, hasta en inglés (era francesa),  y se fue. Llegó la encargada según me estaba limpiando del vino. Les dije que no se preocupasen y excusé a la joven, que se la notaba inexperta. Por qué cuento esto…
Porque me dolió mucho verla llorar al otro lado de restaurante; se me encogió el corazón. Por mucho que mi camisa y mi querido pañuelo de cuello quedaran empapados de vino, solo las lagrimas de aquella joven no lo merecían. Me dolió verla así, se me olvidó el caso, en realidad era un error, nada tan importante como para ponerse quisquilloso o rasgarse las vestiduras, es un decir.
El postre, me lo sirvió ella, temerosa según me miraba, la sonreí y su sonrisa me dejó más tranquilo, más feliz. Esto me pasó el pasado mes de noviembre en San Sebastian. Cada cual saque la moraleja. No hagamos más difícil las zancadillas que nos regala la vida.